Miedo es lo que me da Griñán y su gobierno al completo. Están ellos solos deshilachando todas las costuras de Andalucía, amputando las partes de la región que podrían sobrevivir a la crisis, gangrenando los pocos músculos financieros que tenía la región y dejando en herencia una deuda que soportarán generaciones enteras de Andaluces. Griñán y sus acólitos de la mesa del Consejo de Gobierno son incapaces de levantar la región, de dar respuesta a los problemas de los ciudadanos, y, sobre todo, incompetentes para dotar de puestos de trabajo a ese largo millón de parados que no sabe dónde terminará.
Además, son absolutamente incapaces de tener una sola política que genere recursos suficientes como para que corra el crédito y se estabilice la economía. Han sido incapaces de tejer una sólida política financiera en la región con una fuerte Caja única. La dilapidación del dinero público ha sido una constante en Andalucía desde Rodríguez de la Borbolla. Además, también son incapaces de renunciar a los coches oficiales, a los restaurantes de dos estrellas Michelín, a cortar el abuso que significa la enorme factura de 38.000 móviles, a eliminar los millonarios congresos, a recortar la corte de asesores y de PLD dignos de una democracia despótica. Son también incapaces de meter la tijera necesaria en los presupuestos para la contención del gasto. Tan solo se han limitado a meter la mano en la nómina de los empleados públicos y congelar las pensiones. Y cuando se les recuerda que son ellos los que liquidan el estado del bienestar te contestan con insultos.
Y ese miedo a Griñán y a sus consejeros se convierte en pánico cuando observo cómo la prensa adicta al régimen tamiza y oscurece todas las noticias de la región, cómo el enemigo es la oposición y cómo toda crítica es tachada de extrema derecha. Hoy, en mi Andalucía faltan dosis de libertad, de poder expresar libremente una opinión sin que una jauría se lance contra ti, de poder escribir lo que piensas sin que seas situado en las antípodas de la democracia, de hablar sin que me insulten ni me rechacen. Hoy la palabra está herida en mi tierra. Y esto genera que tenga miedo a que me señalen con el dedo por la calle, a que impongan epítetos sobre mis ideas, a que echen mis escritos en la hoguera inquisidora que se levanta por todos los rincones de la región. Los adictos al régimen se ponen las blancas casullas y procesionan por cada calle, por cada pueblo, por cada ciudad hasta terminar en las bancadas del gobierno en el parlamento.
Griñán y sus amigos de la tabla redonda del consejo de gobierno, se apropian de los conceptos que definen en positivo. Así se autotitulan “progresistas”, porque ellos solos que traen el estado del bienestar y lo mantienen, porque miran por los más desfavorecidos, porque gobiernan en nombre de los desclasados, porque sacrifican los intereses de los poderosos en nombre del pueblo, porque ellos gobiernan solo para el pueblo. Pero la desconstrucción a la que someten la región en la actualidad es totalmente silenciada son dosis de anestesia de Canal Sur, y sus hooligans aparecen cuando se les necesita. Los demás solo destruimos, y nuestra lengua crítica es demasiado ácida como para tenerla en cuenta.
Pero si Griñán me da miedo, el gobierno de Zapatero me da terror.